lunes, 17 de noviembre de 2014

¿Recuerdas aquel día?

¿Recuerdas aquel día? Como no vas a recordarlo si fue un día especial para todos. Yo me acuerdo que me levante con una sensación de felicidad, sabía que te iba a ver y estuve esperando ese día desde hacía siete atrás. Tenía un regalo, para vos, algo que siempre quisiste y deseaste; sabía que te iba a encantar. Era una sorpresa, pero como sos una persona ansiosa, me estuviste insistiendo todos los días para que te digiera. Estaba esperando ver tu cara de sorpresa y felicidad en cuanto abrieras la caja. No sabes lo que me encantaba verte feliz, con esa sonrisa radiante cuando me veías llegar, cuando terminaba de darte un beso, mientras te daba un beso, cuando te hacía reír, cuando me mirabas sin que yo te estuviera viendo (aunque no te dabas cuenta, yo sí sabía cuando me mirabas con atención y me tenía que aguantar la sonrisa para que no me descubrieras). Me gustaba saber que por mí sonreías. Me preguntaba ¿cuando no estabas conmigo, también sonreías o te dejabas llevar por la depresión? ¿Y ahora, estás sonriendo? Espero que sí, deseo que sí, seguro que sí. 
A las tres de la tarde te envié un mensaje, diciéndote que no podía aguantar para verte, que si podía ir ahora a tu casa. Vos me contestaste con un no puedo, tengo que hacer unos tramites, supongo que en dos horas estaré. Me desanime un poco, no podía soportar las ganas de verte, besarte y abrazarte. A las tres y media te mandé otro: ¿Qué remera me pongo, la blanca o la roja? Vos: La blanca, es mi preferida. Estoy manejando, no puedo hablar ahora. Espero tu regalo con ansias. No contesté hasta las cuatro, ya que estaba ocupado, te escribí te amo. Dos horas después no habías contestado, no sabía porque. Me preguntaba si te habías enojado conmigo por alguna razón, te lo pregunte, pero tampoco contestaste. Una hora más tarde, cuando estaba por salir de mi casa para encontrarme vos, te llamé por las dudas, no respondiste. A los pocos minutos me llego una llamada tuya, me tranquilice y sonreí porque sabía que estaba todo bien entre nosotros. Atendí, pero tu voz nunca se escuchó del otro lado, tu voz nunca llegó a mis oídos, tu voz no estaba allí. 
De repente comencé a sentirme mal, las lágrimas recorrieron mi rostro sin que yo me diera cuenta. Tuve que sentarme en el piso, pensaba que sino me desmayaría, que moriría.
Era tu madre, me dijo que tuviste un accidente y que te encontrabas en grave estado internada en el hospital. Cuando logré conectar las palabras, salí rápidamente de mi casa y fui hasta allí. Necesitaba tocarte, abrazarte, escuchar tu voz. 
No sabes lo feo que fue verte recostada en aquella camilla, sentí un enorme vacío al verte así. Pero igual seguías siendo hermosa, con lastimaduras en tu rostro y todo tu cuerpo. Me acerque a vos y te hablé, con todo mi corazón. Tomé tu mano y la besé. No sabía que iba a hacer si vos te ibas. Lamentablemente, lo descubrí. 
Después de que besara tu mano, el horrible sonido de la muerte llegó a vos, sentí como si me tiraran un elefante arriba mío. No quería creer que estaba sucediendo, comencé a gritar, a llorar, a desesperarme. Los médicos querían que me fuera pero no, yo iba a seguir estando con vos, en todo momento. Quería ser yo quien estuviese muriendo. Quería abrirme el pecho y sacarme el corazón para no sentir más ese dolor ardiendo en todo mi cuerpo. Cada lágrima que derramaba era una chispa saliendo de mis ojos quemándose de tanto llorar. ¿Cómo era posible que estuviera pasando esto? ¿Cómo era posible que a la única mujer que había amado verdaderamente ya no estaba más? Sentí tanta bronca en mí que revolee todo lo que se cruzaba en mi camino, golpee y patee cada pared y puerta de ese hospital, maldije a todos hasta a ese Dios que todos dicen que existe. Hasta que finalmente me desplomé en el piso, sin poder llorar, sin poder gritar, sin poder golpear. Estaba aturdido, mi cabeza dolía y sentía como toda parte de mi cuerpo se rompía con un crack a cada segundo.
A las once y media regresé a mi casa, amándote tanto que dolía y mucho. Me senté en mi sillón, siguiendo aturdido, sin poder tener un pensamiento realmente claro. A las once y cuarenta y cinco escuché un ruido, fui hacia donde este provenía. Allí estaba, tu regalo, nunca pude dártelo. Saqué a la cachorrita de su cajita y la levante hasta la altura de mis ojos. Ella era tan feliz y yo era tan triste. Me dio un beso en la mano, y sin darme cuenta sonreí. Miré sus ojos y me hicieron acordar a los tuyos. Desde ese momento, sabía que no la iba a dejar ir, se iba a quedar siempre conmigo. A las once y cincuenta y ocho la bautice, con tu nombre.
¿Recuerdas aquel día? Que te fuiste, sin decirme ni un adiós. Ese día en el que todo parecía triste y devastador. Ese día en el que me dejaste a mí como regalo a esa pequeña perrita tan dulce. Ese día en el que supe que nunca te alejarías de mi lado como prometiste. Ese día en el que supe que te iba a amar por siempre.

2 comentarios:

  1. Que bonito de veras, tienes mucho talento!!

    http://justohana.blogspot.com.es/

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    1. Aaaay muchas gracias!! Ahora paso por tu blog! ;)

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